Después de una noche de despedida con amigos, me levante al medio día (a las 12 para ser más preciso) y empecé a preparar las cosas para el viaje: armé el bolso, compré la bolsa de dormir y cargué todo a la moto. Puse en orden todas las cosas en casa para la semana de mi ausencia y a las 14.30 inicie el viaje.
Claro, levantarse tarde y hacer todas las cosas que no había hecho con tiempo no me permitió almorzar, así que en la primer parada a cargar combustible (la Shell de General Paz que está frente al parque Sarmiento) me compré unos sándwiches para llenar el estomago, ¡por lo que el viaje se inició tarde y con demoras!
200 kilómetros después, que los recorrí por la autopista 9, me detuve en una estación de servicio para recargar el tanque de la moto, tomar un café y descansar un poco. Ya eran casi las 17 y mi destino, Rosario, todavía estaba bastante lejos. Pero tranquilo y contento disfruté del descanso para seguir mi travesía.
En la autopista encontré dos motoqueros que iban a pescar a no sé donde, y viajé detrás de ellos un buen tramo hasta que pararon, supongo, a comer algo. Aproveché a seguirlos para no sentirme solo sobre el asfalto, y porque dicen que es más seguro viajar en caravana que en solitario.
A las 19 y con el sol escondiéndose en el horizonte, ingresé a la ciudad de Rosario, sin un mapa ni una referencia a donde tenía que dirigirme, pero contaba con la dirección de cinco hostels en donde podría pasar la noche. Así que preguntando un poco y guiándome por los carteles indicativos otro poco, encontré el primero de los hospedajes para conocerlo y ver su disponibilidad. En un rato recorrí todos los lugares que había buscado previamente y me quedé con el primero que había visitado. La elección fue bastante arbitraría, simplemente no escogía ninguno y estaba cerca de uno y ahí fui.
Muy cómicamente, cada vez que visitaba un hostel dejaba la moto con todo el equipaje estacionada en la puerta, y 5 minutos después regresaba a buscarla con un poco de miedo de no encontrar mis pertenencias. Con los días me iría acostumbrando a que nadie se sintiera atraído por mis cosas y fui ganando confianza para dejar la moto en cualquier lado.
En el hostel, a la noche, unos porteños festejaron el cumpleaños de uno de ellos y hubo una atractiva fiesta en la que todos estuvimos incluidos hasta que se fueron a un boliche pasadas las 23, cuando aproveche a bañarme y a descansar después de cuatro agotadoras horas de manejo.
Conocí un muchacho bastante particular, que había dejado todo en Buenos Aires y con 6000 pesos se había ido a vivir a Rosario, donde probaría suerte un par de meses. Llegó esa tarde, apenas unos minutos antes que yo y después de saludarlo la mañana siguiente nunca más supe nada de él.
Esa noche, dormí con intermitencias por los inquilinos que llegaban a cualquier hora, medio borrachos, medio desorientados, por lo que me levante a las 10, para desayunar y continuar mi viaje. La próxima parada era Villa María, donde me esperaba la familia Rossi para comer asado.
lunes, 9 de noviembre de 2009
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)
No hay comentarios:
Publicar un comentario