Estás acostado en la camilla del quirófano, con las múltiples luces apuntando a tu cuerpo para poder examinarlo sin perder detalles. Un tipo vestido de verde te pide que respires hondo mientras te clava una gruesa aguja en el brazo y te avisa que te vas a marear un poco. El mareo llega casi instantáneamente mientras observas a otros dos vestidos de celeste que te limpian la pierna izquierda con Pervinox (lo sabes porque te habían avisado).
Apoyas la cabeza en la almohada de la camilla y cuando la levantas, los dos mismos hombres de celeste están vendando la misma pierna. Para ellos pasaron casi dos horas, para vos solo un instante.
“La operación terminó bien”, te avisa el jefe de los siete u ocho médicos y médicas que ocupan el quirófano. No te duele nada, tu cuerpo no tiene nada distinto, nada cambió.
Miras al anestesista y le reprochas su mentira, el dijo que te ibas a marear, no que te dormirías. No hay más tiempo, la droga vuelve a hacer efecto y tu cerebro se desactiva por unas horas nuevamente.
viernes, 15 de mayo de 2009
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